Cambio climático, inundaciones y sequías en la Provincia de Buenos Aires

POR  RAUL ARIAS, LEONARDO VESPIGNANI Y OSCAR BALESTIERI

Las grandes variaciones en las lluvias, (excesos y faltantes) parecen haberse acentuado por efectos del cambio climático.

El clima es por definición variable, “dinámica” a lo largo de la historia registrada, (también de la historia relevada por estudiosos en el pasado más lejano) los ciclos de grandes lluvias y sequías, han sucedido con distintas frecuencias e intensidades.

El impacto de estos cambios sobre la población, sus vidas y bienes, depende en gran medida de nosotros mismos, de la  ocupación del territorio, de las obras, de las medidas que tomemos para prevenirlas, atenderlas y repararlas.

Se originan en hechos de la naturaleza, pero la verdadera dimensión depende de la sociedad que se halla sobre un territorio.

Hay una tendencia a adjudicarle un “determinismo” de la naturaleza a estos acontecimientos. Este pensamiento, no contribuye a encontrar soluciones, por lo contrario inclina a un cierto fatalismo, a instalar la idea de que no pueden modificarse estos sucesos.

Repensar estos hechos de la naturaleza potenciados por las obras de los hombres; es el primer paso para volver menos vulnerables nuestras ciudades, industrias y campos.

El espacio físico sobre el cual se producen estos hechos, puede dividirse en dos grandes tipos:

Las ciudades del conurbano (hasta la ruta 6)

Caracterizado por una ocupación urbana casi total, sin respetar cuencas de inundación, con numerosas obras que impiden el originario difícil movimiento de las aguas por su poca pendiente natural. (cauces obstruidos con basuras y escombros, puentes y caminos que son diques no deseados ni pensados etc.)

Los lugares de mayor riesgo, corresponden generalmente a población de escasos recursos, con casi ninguna obra de prevención o saneamiento.

Allí las perdidas de bienes en caso de inundación afectan una parte importante de su escaso patrimonio en inmuebles y muebles, agregando perdidas de días de trabajo, enfermedades, marginación.

Esta sumatoria, genera exigencias de auxilio y apoyo por parte del estado y la comunidad, muy grandes, que raramente pueden ser cubiertas en las actuales condiciones.

El resto de la provincia

Este espacio, incluye además de las ciudades, la llanura agrícola más productiva y rica de la Argentina y las vías de comunicación más importantes para todo el país, (ferrocarriles y caminos) que suelen cortarse en caso de inundación.

Allí los efectos son principalmente económicos, por perdidas en las cosechas, producción de tambos y crianza de ganado, daños en las vías de comunicación y perjuicios en la producción en general por dificultad de movilizarla.

Resulta una paradoja, que la prevención de inundaciones y sequías, en una zona tan rica y potente, no haya recibido la atención adecuada y las inversiones en obras hidráulicas y viales necesarias para atenuar los efectos de la inundación.

No solo el estado, tampoco la comunidad, en estos años de grandes ganancias, han asignado recursos para  proteger este enorme potencial productivo.

El manejo del agua ha sido desde las primeras civilizaciones un movilizador de recursos y organización social, (basta con recordar las culturas de regadío, Egipto, la mesopotamia y en nuestro continente, los Incas y Aztecas, que estructuraron su sociedad a partir de la utilización productiva del agua). En nuestro país, las regiones donde el agua es escasa, han generado una mayor conciencia social sobre su uso, promoviendo organización social en consecuencia.

En la provincia de Buenos Aires, la abundancia del recurso, ha llevado a una actitud de baja valoración del tema, a falta de  organización social para su manejo útil y productivo.

El cambio climático, aumenta el desafío, -presente aun sin  este argumento- para darle la importancia, social y productiva a las inundaciones y sequías, haciendo posible, la asignación de los recursos necesarios, de la organización social y de la movilización del estado y la comunidad para reducir los efectos negativos de las inundaciones y sequías.

Este abordaje de reducción del riesgo, se puede describir en varios escalones:

1) Planificación estructural del hábitat

La elaboración de esquemas de riesgo, zonas inundables, zonas de mayor afectación por sequías, con especial énfasis en los asentamientos humanos y productivos, forman parte de una base de trabajo para disminuir los daños.

El asentamiento de población estable y construcciones importantes en terrenos bajos, zonas de desborde de ríos y arroyos, son un riesgo creado por el hombre, que puede y debe evitarse.

 

En nuestro país, las provincias con peligro sísmico, nos muestran un ejemplo a través del tiempo de medidas de prevención (antiguamente Mendoza en su planificación urbana, ha previsto plazas – espacios abiertos- cada cuatro cuadras como refugio de los pobladores ante sismos, luego se impuso la construcción con reglamentaciones antisísmicas, que han demostrado una gran eficacia en la reducción de los daños.

2) Obras de prevención de inundaciones y sequías

Históricamente la civilización, avanzó sobre la naturaleza, modificándola para ponerla a su servicio. Este concepto está altamente cuestionado por el pensamiento actual, que incorpora el respeto por la naturaleza, buscando crecientemente reducir el impacto ambiental de las obras humanas.

Manteniendo este Principio, pueden pensarse obras que reduzcan el peligro de inundaciones y sequías, en muchos casos corrigiendo errores anteriores de asentamientos.

Desde la limpieza y mantenimiento de ríos, arroyos y canales, hasta obras de mayor alcance como los diques para retener  y regular aguas (por ejemplo el dique Roggero), son exigencias permanentes para mejorar el comportamiento de los cursos de agua ante lluvias mayores.

3) Información adecuada y en tiempo para organizar las respuestas individuales y colectivas ante la inundación – exceso de agua- o sequías –falta de aguas-

Los medios disponibles de medición y comunicación, (estaciones de medición distante, imágenes satelitales, comunicaciones), presentan posibilidades muy grandes para tener la información adecuada en el tiempo adecuado.

Los daños y efectos negativos, tienen una intima relación con la preparación para recibir el siniestro.

Contar con días o aunque sea horas, para prepararse ante la inundación hacen una diferencia importante en los daños que produce.

4) Organizar la comunidad (estado, sociedad) para responder al impacto de la inundación o la sequía

La presencia de ayuda y apoyo en tiempo justo, es una acción importante para reducir los daños, no solo físicos también sicológicos del  desastre.

Alojamientos provisorios, alimento, medios de evacuación, vigilancia especial, apoyo médico, especialmente personal para ayudar etc. son medidas disponibles y pocas veces aplicadas en todas sus posibilidades.

5) Pensar con anticipación y preparar los medios para “el día después” de sucedido el episodio

Las pérdidas de bienes, desplazamientos etc. deben ser compensados y corregidos con toda celeridad. Nuestras comunidades tienen la posibilidad de hacerlo, tienen los medios. Así como un consorcio de propiedad horizontal tiene un seguro de incendios, la Comunidad debe responder como “asegurador” de los bienes ante inundación, en especial para los más pobres.

“El olvido”, el abandono de los afectados, es reiterado. Muy a menudo nuestra sociedad pasa de la movilización emotiva ante el suceso, a un pronto olvido, perdiéndose un valor nuestro muy importante: la solidaridad.

El apoyo sostenido en el tiempo es necesario, muchas veces el acontecimiento nos ofrece una oportunidad para corregir situaciones que sin el suceso no pueden abordarse, por ejemplo las viviendas instaladas en cuencas de desborde de ríos y arroyos: es prácticamente imposible en situaciones normales encarar su desplazamiento, sin embargo, luego de una inundación, es perfectamente posible plantear que no debe volverse a esos sitios y formular un proyecto de reinstalación en otro sitio mas seguro. Claro que éste proyecto exige apoyo del estado y la comunidad, pero la oportunidad solo se presenta en ese momento.

La asignación de recursos suficientes y adecuados, -hoy disponibles- es la conclusión primera a esta situación. Las prioridades de inversión y asignación de personal por parte del estado, para corregir estos problemas, que sin duda se acentuaran en los próximos años, por efectos del cambio climático, son una exigencia en la construcción de una Nación, con desarrollo, justicia y equidad.

 

El cambio climático, segunda parte:

Acercarnos a los problemas reales.

Ciudades del conurbano: En una villa, en construcción continua, que puede verse desde la autopista a La Plata, sus pobladores, antes de la casilla, levantan con enorme esfuerzo, un terraplén de un metro o más, acumulando escombros, tierra, conseguidos con laboriosidad, movidos a fuerza de trabajo humano, para escaparle a la inundación.

¿Hasta que cota? La sabiduría popular, la memoria de recientes inundaciones, pone la información. No hay GIS, agrimensores, nada.

Esta solución, funciona para uno, para tres, para diez. Pero cuando son centenares, la acumulación de terraplenes, achica las cuencas de desborde de los arroyos, empuja el agua hacia otros bajos, inunda mas intensamente y rápido a otros espacios, generalmente a otros vecinos.

La mención de este caso no es casual: se repite por miles en todo el territorio mencionado, donde la construcción espontánea del hábitat es en gran porcentaje la forma posible para la mayor parte de la población.

¿Cuál es el rol del Estado? Que debe pedir, exigir la comunidad?. No hay duda que la información, la planificación, la coordinación de las obras, es un rol que puede y debe tomar el Estado.

Además en éste caso y en muchos mas, donde el esfuerzo queda sobre las espaldas de los más pobres, más débiles, con menor poder para peticionar, no queda muchas dudas que el estado debe abarcar mucho mas: Financiar las obras, ejecutarlas con la tecnología conveniente (maquinas, equipos que reemplacen el esfuerzo manual.)

Antes mencionábamos la necesidad de tener mapas de riesgo hídrico, de difundirlos, de mostrar a la población que lugares se pueden habitar y cuales no. Porque los recursos deben usarse de la manera más eficiente, no pueden proponerse soluciones que no lo sean: No podemos pensar en elevar TODO a cota de niveles no anegadizos, porque esa propuesta termina en NADA.

La existencia de información y planificación, hacen posible desplegar en el tiempo las obras: ofrecer un horizonte de futuro a aquellos que hoy no lo tienen,  o peor, que su horizonte es la próxima inundación.

Pero también permite organizar los esfuerzos de la comunidad, a esa familia que con trabajo y esfuerzo, construye un terraplén, darle la cota adecuada, la información necesaria, ayudarlo con programas de esfuerzo compartido, con entrega de materiales, con relocalizaciones cuando la ubicación no es conveniente.

El resto de la provincia:

En anteriores inundaciones, vimos que obras de una localidad, afectaba a la siguiente, aguas abajo: los conflictos llegaron a enfrentamientos, guardias, protestas. Unos querían dinamitar el terraplén de la ruta, otros se oponían.

También es común que un propietario de tierra realice un canal para desagotar un bajo de su tierra, enviando el agua a otras tierras o a un lateral de camino.

Nuevamente la solución individual, al generalizarse termina en daños a otros, en conflicto.

Antes decíamos que las inundaciones afectan una región de gran riqueza y alta productividad: Las inundaciones y sequías por efecto del cambio climático, son impredecibles, solo podemos afirmar que serán más agudas que en el pasado.

La tecnología de información geográfica hoy disponible, permite orientar la producción, brindar información de riesgo.

Hay una tendencia lógica en los productores a seguir el cultivo estrella: la soja, el maíz etc. pero esto no es posible siempre y en todo lugar, un terreno bajo, ante la inundación, es vulnerable si está sembrado. Si tiene ganado, es menos vulnerable, si además se puede organizar y tener previsto el movimiento del ganado, mucho mejor.

El ejemplo de las islas del Paraná, donde en tiempos normales se cría muy bien el ganado, pero están en cota de riesgo, debe incluir tener los medios (barcazas) para mover la hacienda a tierra firme cuando el río crece.

Claro que esto no es tarea para un productor, aquí vuelve el criterio de “seguro de incendio” es una tarea del conjunto de la comunidad, del Estado.

A primera vista parece poco razonable que los habitantes de zonas con problemas hídricos “se hagan cargo en solitario” de encarar las soluciones.

Pero tengamos en cuenta que en la historia, esto ha sido así. A partir de organizarse para encarar las cuestiones del agua, surgen las primeras civilizaciones, luego los estados.

En nuestra época, hay experiencias de consorcios viales, para administrar las obras viales locales, en varias provincias y en la misma provincia de Buenos Aires y también hay experiencias de “consorcios canaleros” como procedimiento para agrupar necesidades y posibilidades, organizar y planificar las obras, con la participación del estado y la comunidad.

El interés directo, insoslayable de los productores, de la opinión local, el beneficio directo, mensurable, que traen las obras hídricas (en este caso de control de las inundaciones) puede asemejarse al caso más común y conocido que es la administración del servicio de riego en Mendoza y otras provincias con tierras de regadío, donde se paga un canon por el uso del agua, hay turnos, cupos e inclusive una “autoridad del agua”.

Es posible aplicar este ejemplo y dirigirnos hacia una solución casi simétrica.

Los grandes montos de dinero y bienes implicados en estos procedimientos, son la base económica que puede y debe posibilitar soluciones de largo alcance, de gran inversión.

El financiamiento de obras tan rentables, puede ser organizado por el Estado, con estudios de factibilidad muy simples se demuestra la posibilidad de repago de las obras, siempre y cuando sean asumidas por los beneficiarios, con mecanismos de pago posterior a su ejecución con los beneficios que producirán.

Hoy la inversión del Estado y de la comunidad, ha crecido de año en año, alcanza a porcentajes y montos importantes, la planificación y asignación de prioridades es imprescindible, podemos y debemos aspirar a que la construcción del hábitat, sea  más que la acumulación de viviendas, caminos, canales, pavimentos, escuelas.

La inversión de TODA la comunidad, marca el rumbo hacia donde se dirige la sociedad, el modelo de Nación que deseamos para nuestros hijos, para hacer de nuestro territorio, el hogar de todos los argentinos.

 

 

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